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Rosa Montesinos, voluntaria del grupo de niños y jóvenes

Estaba inquieta. Preparaba la mochila siguiendo una lista que me hice años atrás: camisetas usadas, pantalones cómodos, zapatos deportivos, toalla...siempre las cosas más viejas que tenía por casa. Y además, incienso, detergente, mucha crema solar... Apuré los preparativos y salí de casa, sabiendo que iba a sumergirme en un universo completamente diferente durante 7 días, 24 horas cada día. La Granja-Escuela es un sitio encantado: en ese lugar se pierde la noción del tiempo y del resto del mundo, te olvidas un poco de lo que dejas fuera, el día a día está tan cargado de emociones que desbancan la propia vida cotidiana.

Relatar todo un día allí, si se quisieran recoger de verdad las cosas importantes, duraría otro día. Puede decirse que cada minuto está pasando algo. La quietud aparente, esa alegría calmosa de las fotos, es irreal. Por detrás, hay un torbellino de actividad(es) que cuesta trabajo describir. Y es que las cosas esenciales tienen una dimensión desconocida en otros ámbitos : levantarse de la cama, ir al baño, lavarse , vestirse...parece muy simple, pero la realización de estas tareas cotidianas, igual que desayunar, desplazarse, ir a algún taller,...requieren un verdadero despliegue de medios; por fin hay que aplicar la imaginación a algo importante, y dejar que la ternura encuentre una salida, esa ternura que apenas se ve en la vida diaria de los que se consideran “capacitados”. Lo mismo da comer, tumbarse a dormir, entrar en la piscina o ir al WC: todo requiere sacar lo mejor que llevamos dentro, ahogándose en nosotros, y que en una granja escuela, por ejemplo, entre robles, vacas, conejos y, sobre todo niños, encuentra la manera de no estrangularnos. ¿Quién me iba a decir que me volvería tan fuerte, que no sentiría mi propio dolor de riñones, que no haría muecas de asco por tonterías, que me dejaría abrazar y que besaría y me haría besar tantas veces al día? ¿Cómo suponer que esa compañera tan joven y tan frágil iba a ser tan admirable, se iba a crecer ante las más variadas situaciones que lo mismo cantaba o jugaba que limpiaba o sostenía a un niño que podía ser el doble que ella?

Hay que ser muy torpe para no entender que “nuestros” niños y niñas, adolescentes y jóvenes, nos dan constantemente una lección de resistencia física y de sabiduría, y gracias a que nos dejan compartir un día o una semana en la naturaleza, aprendemos que todos tenemos dentro una faceta desconocida, y que nuestra verdadera discapacidad es no permitir que salga afuera casi nunca.

 
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